lunes, 4 de junio de 2012

Hum

Hace ya tiempo que no escribo nada, así que he pensado que podría escribir algo. No sé, tal vez.

Pero no queda nada que hacer, ni nada que contar. Porque contarlo sería triste. Y no quiero tristeza. No me apetece estar triste. Quiero que llegue el verano y quiero estar con mis dos únicos amigos. Y no quiero nada más. Absolutamente nada. Así que no hay nada que contar. Pero quiero escribir algo. 

...

Una vez mi padre me escribió una historia. Era bastante triste, pero me gustó. Hablaba sobre un caballero que se enfrentó a un dragón, la última de su especie. La dragona pereció, su raza se desvaneció sin dejar más rastro que una leyenda para niños. Y yo, más pequeñita, me preguntaba por qué un caballero, sabiendo que erradicaría por completo tales historias, que aquella fascinante criatura se convertiría en un simple cuento para antes de dormir, ¿cómo pudo hacerlo? ¿cómo, por qué la mató?

Es algo que nunca he entendido. Tampoco le he preguntado a mi padre, porque no creo que sepa darme una respuesta, porque creo que la única respuesta que hay, es que no hay respuesta. No hay nada más que decir. La mató. Bien fuera por venganza, heroicismo, codicia o placer, aquel caballero de brillante armadura y espada curtida acabó con la vida de la dragona.

Y es esto lo que se me ha pasado últimamente por la cabeza, porque cada vez encuentro más similitudes a esta historia en lo que es mi extraña vida, y me pregunto por qué se hace lo que se hace, y la única respuesta que no encuentro es la misma que me otorga el caballero. Y yo no quiero esa respuesta, porque una respuesta que no explica una razón no es respuesta sino excusa, y las excusas se explican por sí mismas.

¿Por qué el caballero mató a la dragona?
No existe explicación racional, ni la filosofía, la ética o la religión puede proporcionarla, como en muchas de las preguntas que surgen de aquello que creemos conocer. Pero obtenemos una falacia a modo de respuesta, que no sirve para nada más que para acrecentar aquello que creemos conocimiento.

Y no me vale con sólo saber que está muerta. Ni debería valerle a nadie.
Pero la gente cada vez se pregunta menos y se conforma más. Nuestra naturaleza es curiosa, inquisitiva y hambrienta de conocimiento, y así debería ser siempre.

La gente se vuelve aburrida, el mundo se vuelve triste y se apaga. Igual que la dragona, poco a poco los humanos se extinguen, y nadie se pregunta por qué. 

...

Y mientras escribo este sinsentido filosófico, mi pequeña Pinky trata de dormir, con sus pequeños ojitos cerrados, apoyada sobre el cristal de su acuario sin tener en cuenta el horroroso ruido de su filtro, de mi ventilador y mi teclado. Mi pequeña Pinky, tan adorable.

Aquí lo dejo de nuevo, hasta que me vuelva la "inspiración", o las ganas de escribir, en su defecto.
Gracias por leer, como siempre.